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Editorial

Hanna, Gilberto y Alex, lecciones de acción, prevención y corresponsabilidad

RENLCDMX

  03/08/2020

El paso de Hanna por Nuevo León sumó una inesperada vicisitud al Estado, que a marchas forzadas lucha ya contra otra contingencia (Covid-19) que hoy afecta de sobremanera a gran parte de la ciudadanía; sin embargo, las autoridades ya atienden estas afectaciones y se preparan para lidiar con las inclemencias de la temporada de lluvias y con los estragos de la pandemia.

Como macabra anécdota, recientemente se descubrieron los oxidados vestigios de la Virgen de Guadalupe del Río Santa Catarina, colocada a manera de homenaje por la visita del Papa Juan Pablo II en 1990 y arrancada en 2010 por los vientos del huracán Alex.

Fue necesario otro evento climático de fuerza similar para desenterrar al monumento de su acuático sepulcro. Hanna, con sus vientos de 140 km/h, logró demostrarnos que no hay concreto o acero que se resista a la magnitud de la naturaleza.

Pero si algo más surge de los desastres naturales es la voluntad humana levantándose de los estragos y de los escombros, pues pese a no contar con playas o litorales Nuevo León se ha visto afectado en diversas ocasiones por huracanes devastadores.

El 27 de agosto de 1909, una tormenta de fuerza poseidónica dejó en la entidad un saldo de 4 mil muertos y 20 mil personas desamparadas. Aquel mítico huracán desbordó al Río Santa Catarina y dejó a su paso una desolación inaudita, incluso para nuestros tiempos de calentamiento global y climas erráticos y violentos.


Pero la furia máxima se liberó entre el 16 y el 17 de septiembre de 1988 con la llegada de Gilberto, “El huracán del siglo”.

Este monstruo de categoría 5 inundó avenidas, dañó estructuras y reclamó más de 300 almas, 20 mil damnificados y una cantidad aún incalculable de desaparecidos, estimada en miles.

En el aspecto económico, le costó a las naciones afectadas daños de aproximadamente 5.5 mil millones de dólares de la época, pero sin duda fue el costo humano y la tragedia la que cimbró los pensamientos de los neoleoneses, quienes por ello se mantienen alertas contra este tipo específico de desastre natural.

Aún cala en el inconsciente colectivo las imágenes de personas atrapadas en autobuses cautivos por corrientes de agua y fango en la avenida Morones Prieto de Monterrey; gente en desesperación, blandiendo pañuelos blancos por las ventanas a manera de súplica.

Durante y posterior a la tormenta, los equipos de emergencia se vieron superados por las dimensiones de la fatalidad: personas inertes, con gestos de espanto, atrapados en estertores difíciles de describir. Los macabros hallazgos continuaron por meses. Visiones dantescas, terriblemente desesperanzadoras.

El 1 de julio de 2010, el ya mencionado huracán Alex arrojó sus cauces por inclementes ramificaciones espontáneas, devastando pavimento, monumentos y vehículos.

Con 616 milímetros de precipitaciones, casi tres veces la afluencia de Gilberto, Alex esparció por todo el espectro urbano de Nuevo León criaturas metálicas y rocosas hechas de coches y calles fragmentadas. No obstante, la cultura de Protección Civil fomentada tras la tragedia de 1988 y la Cortina Rompepicos auxiliaron al estado, dejando un saldo de 15 personas fallecidas, cifra triste pero clemente en comparación con anteriores meteoros.

A su paso, Alex arrasó parte del paisaje metropolitano, canchas deportivas, campos de golf y cerca de mil puestos de pulga. En su lugar quedó una herida de fango y escombros a la postre sustituida por un pulmón verdoso con más de 650 especies de flora y fauna, una herencia de esperanza como no se vio en más de un siglo en Monterrey.

A esta esperanzadora imagen final se suman los esfuerzos coordinados de Gobierno y ciudadanía, quienes en el marco de la solidaridad y la voluntad regia se levantan cada vez que un siniestro azota sus comunidades. En septiembre de 2019 sufrimos el embate de la tormenta Fernand, con serias afectaciones en Linares, Cadereyta, Santiago, Montemorelos, Galeana, Monterrey, Allende, Iturbide, Hualauises, General Terán, Rayones y Aramberri; no obstante, de manera oportuna se hizo efectivo por primer vez un seguro contra desastres contratado por el Estado.

Esta vez tocó el turno a Hanna y el mensaje que deja en Nuevo León debe trascender a la tragedia y apostar por las acciones, la prevención, la corresponsabilidad y la atención oportuna de la ciudadanía. Estamos preparados.

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